La economia colaborativa en servicios digitales

La economía colaborativa y la paradoja del gimnasio

La solidaridad de las multitudes sobre la que descansa la economía colaborativa (ya sabes: el crowdsourcing, el crowdfunding, el crowdlending y otras variantes que empiezan con el mismo prefijo) tiene un punto débil. O fuerte, según se mire. Yo lo llamo “la paradoja del gimnasio”, y está dando lugar a variantes del negocio de lo comunitario que tratan de aprovechar lo que nos sobra, lo que no utilizamos. Es lo que tiene este contexto de metamorfosis permanente: que un día tienes una idea genial y otro resulta que es la misma base de la idea la que se carga tu idea inicial. Qué idea.

La paradoja funciona como sigue. A principios de año o de curso, según apriete más la cinturilla del pantalón o sea más difícil que tu imagen quepa entera de perfil en el espejo de un probador, muchos se plantean que ha llegado el momento de apuntarse a un gimnasio. No hablo por mí: aunque no quepo de perfil, tampoco me planteo nada para resolverlo. Pero si lo hiciera, las soluciones podrían ser varias. La primera, ensanchar los espejos de los probadores, pero convence tú a Inditex o a H&M de las ventajas de algo semejante. La segunda sería usar chándal, pantalón con gomilla o túnica. En mi caso no caben esas alternativas. Aún me queda dignidad.

Sigo. El modelo de negocio de los gimnasios se basa en el mismo principio de los seguros: no estás contratando un servicio que usarás con seguridad, sino la posibilidad de utilizarlo cuando lo necesites, a un precio fijo. Y ahí está el beneficio. Para el usuario, cuantas más veces acuda, más barata le saldrá la hora. Para el gimnasio, aquello de “cuando lo necesites” implica múltiples factores ajenos al proveedor. Uno es el ancho de tu cintura, sin duda, pero los hay más determinantes: la hora a la que sales de la oficina, cuidar de los niños, limpiar en casa, tomarte unas cañas con los amigos, ver tu programa favorito de la televisión, el frío o el calor que hace en la calle… Basta con marcar una de las anteriores para que “la posibilidad” de utilizar el gimnasio se convierta en un hecho menos habitual y más ocasional. Ahí reside la paradoja: que lo barato puede terminar costando caro.

Vayamos ahora a la economía colaborativa. Su principio activo reside en que alguien que posee un bien lo comparte con terceros que necesitan un servicio; el primero reparte el coste que representa la propiedad, mientras que los segundos evitan el desembolso que supone ser propietario. Todos ganan y se aprovechan mejor los bienes materiales. Sobre esa base se sustentan negocios como AirBnB, Blablacar o Uber. Por cierto, no sé si te has dado cuenta de que el claim de Uber (su promesa de marca en una frase) es “Tu tiempo te pertenece”. Por ahí voy yo.

En los modelos anteriores partimos de un bien material para tener un servicio compartido pero, ¿qué pasa si lo que tenemos es un bien inmaterial? La cosa se complica. ¿Qué voy a compartir exactamente, si no poseo algo tangible? En realidad sí hay una opción: el tiempo.

Imagina que has contratado Netflix. La tarifa plana te permite disfrutar de un amplio catálogo de contenidos (series, películas) a cambio de una cuota mensual. Cuanto más contenido consumas, más rentable harás la cuota, pero ahí está el truco: tu tiempo es limitado y no es habitual pasarse el día delante de una pantalla con el streaming. A mí, al menos, no me sucede. Entonces, ¿qué pasa si entran en juego los mismos factores que hacen que te sientas idiota contratando una cuota anual en el gimnasio?

PaaS: compartir el coste de una tarifa plana entre varios usuarios aprovechando las horas en las que unos se conectan y otros no lo hacen

Ahí es donde la economía colaborativa, el crowdsourcing, puede traer un nuevo modelo de negocio. Yo lo llamo Password as a Service (PaaS); podría haberlo llamado Francisco, pero imagina la cantidad de gente que se habría dado la vuelta sin que me refiriera a ellos. Continúo. Un modelo PaaS permite compartir el coste de una tarifa plana entre varios usuarios aprovechando las horas en las que unos se conectan y otros no lo hacen. ¿Que tienes un servicio de streaming de vídeo a tu disposición y no lo usas cuando duermes? Pues imagina que contaras con una plataforma de negociación donde pudieras encontrar a personas que estarían interesadas en utilizarlo en tus horas de desconexión para amortiguar el coste de la cuota e, incluso, sacarle tú un beneficio.

En este punto entran los inconvenientes. ¿No estaríamos saltándonos las limitaciones legales que muchos de estos servicios ya establecen por número de dispositivos e IPs de conexión (zonas geográficas)? ¿Y cómo protegemos las contraseñas? ¿Quién nos garantiza que el que dispone de la nuestra no puede cambiarla y vetarnos el acceso al servicio que habíamos contratado?

Todo lo anterior son dudas más que razonables, y las empresas se enfrentan a ello desde posiciones opuestas. Las hay que establecen una prohibición expresa para compartir contraseñas, como es el caso de Filmin, donde la clave de acceso es “personal e intransferible”. A Netflix, sin embargo, parece que le da igual. Su CEO, Reed Hastings, considera que tampoco es que sea un problema compartir claves. De hecho, es consciente de que no se puede poner puertas al campo porque dos tercios de los clientes de Netflix ya lo hacen. Por eso la compañía ha sido lista. Prefiere meter en vereda a los irreductibles que dejar que se muevan en la ilegalidad. Permite compartir su cuenta Premium entre cuatro personas sin necesidad de que la conexión se haga desde la misma IP. Netflix gana suscriptores que de otra forma no tendría, les vende la opción más cara y a los clientes les sale rentable. Spotify también supo verlo: la opción Spotify Family permite contratar un perfil Premium para cuatro personas, con el ahorro consiguiente.

Para los casos en los que no hubiera opción “corporativa”, los inconvenientes de las contraseñas compartidas podrían solventarse con plataformas que generaran automáticamente contraseñas temporales para que el legítimo propietario siempre pudiera recuperar el control de su cuenta. No descartaría que surgiera un Blablacar para este mercado que considerara no sólo compartir gastos, sino la flexibilidad de hacerlo sólo cuando a uno le interese, y no en mensualidades.

En cualquier caso, si un objeto puede ser la base de un negocio compartido, el tiempo de disponibilidad de un servicio también puede ser el origen de un negocio. Al tiempo si esto no termina extendiéndose. Valga la redundancia.

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Carlos Molina

Carlos Molina

Content Director at Best Relations
Periodista de formación y espíritu entregado a las estrategias de comunicación desde hace años. Para no aburrirme, doy clases en universidades y escuelas de negocio, y co-organizo los eventos RRPP & Tweets y #CarnavalRRPP. Colecciono figuras de Saint Seiya.
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