Las empresas, marcas y productos son como las personas

Las empresas, marcas y productos son como las personas

Hace unas semanas tuve la oportunidad de participar como conferenciante en las jornadas Opinno-Dircom que trataban sobre innovación en comunicación. Obviamente se tocaron, de nuevo, temas como las redes sociales o la tecnología. Después de algún tiempo, mi intervención sigue dándome vueltas en la cabeza, por lo que creo que ya es hora de que pase de mi cabeza al blog.

Poco han cambiado las cosas desde el paleolítico hasta hoy, al menos en lo básico. Por entonces ya sabían lo que era el transmedia stroytelling: pintaban sobre las paredes de las cavernas, contaban historias sobre esas pinturas y los más avezados interactuaban con las mismas mediante sombras cuando se encendía la hoguera. Esta historia ya la contaba mi amigo Michael Novack allá por 2002.

El ser humano, como decía mi profesora de Historia del Arte Lourdes Ortiz, siempre ha tenido la capacidad de transmitir aquello que quería transmitir, independientemente de la perfección técnica, ya fuera a través de figuras de barro o mediante las redes sociales.

La tecnología y la técnica son facilitadores, pero no un fin. Un puente puede llegar a ser realmente útil, pero lo fundamental es lo que vamos a hacer en el lugar al cual nos permite acceder ese puente.

Estoy ya un poco harto de todas esas técnicas de marketing rimbombante, sacadas de mangas de todo tipo a lo largo de las décadas, como el one-to-one o el Inbound Marketing (el último grito: intentar vender haciendo parecer que no estás vendiendo ¡Qué genialidad!). Son técnicas que dan importancia al puente.

Empresas como personas

Más allá de cualquier moda o tendencia marketiniana, con las empresas sucede lo mismo que con las personas. Hay familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo e incluso desconocidos que nos despiertan todo tipo de sensaciones: los hay encantadores, bordes, graciosetes inaguantables, tímidos, aburridos, escandalosos, divertidos, que no saben ni tienen idea de qué nos gusta después de lustros de conocimiento mutuo. En fin, que hay de todo. Pero a algunas de esas personas las pondríamos en un altar ¿verdad? ¿Y por qué? Porque saben lo que queremos, son amables, sorprendentes, atentos, detallistas, nos escuchan…

Por eso nos hacemos fans de las marcas en Facebook, Twitter o donde sea: porque si fuesen individuos, serían como ese reducido número de personas que hemos puesto en nuestro altar particular. Si una marca es capaz, más allá de los perecederos conceptos marketinianos, de generar esa química personal, de trasladar el mensaje “me importas” y demostrarlo con hechos, tiene todo ganado.

Para ello, obviamente, la empresa debe estar asentada sobre unos valores reales (slow-comm), no como multinacionales que se autoerigen en paladines de la felicidad para, posteriormente, proceder a cerrar plantas de producción con los consiguientes despidos. ¿Dónde queda la felicidad? ¿Y qué credibilidad puede tener una empresa así?

Así que mi recomendación a cualquier director general o de marketing que tenga que desarrollar una estrategia a medio/largo plazo es que haga una lista con los nombres de las personas más admiradas de su entorno y escriba las razones de por qué cada una de esas personas les parece admirable. Después, el ejercicio inverso: qué personas cercanas le parecen deleznables y por qué. Posteriormente -es fácil de decir pero difícil de hacer- hay que aplicar los argumentos positivos a la organización y obviamente, evitar los negativos. Las empresas, sus marcas y productos son como las personas.

Una vez pregunté a mi madre qué era lo más importante para ella en su actividad diaria. Su respuesta fue “conseguir que las personas se sientan mejor que antes de que coincidiésemos después de haber estado hablando conmigo”. Ésa es la clave de todo. Si las empresas consiguiesen alcanzar ese objetivo, no tendrían que preocuparse por las ventas. Llegarían solas.

 

Stephan Fuetterer

@sfuetterer

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