Algoritmos VS mascotas, quien es el mejor amigo del hombre

¿Quién quiere un perrete pudiendo tener un algoritmo?

Dice el dicho que el perro es el mejor amigo del hombre. Pero yo, aquí, ahora, me pronuncio en contra de esa afirmación tan aleatoria. Mira que me encantan los chuchos, pero sin duda el mejor amigo del hombre ya no son ellos. El mejor amigo de los humanos son los algoritmos. Sí, sí. Como lo oyes, esos entes matemáticos de los que todos hemos oído hablar aunque ninguno sabemos muy bien qué son en realidad se han convertido en nuestros mejores amigos. Déjame que te lo explique.

Hubo un tiempo no muy lejano en el que el concepto algoritmo “nos sonaba a chino”, un tiempo en el que los humanos teníamos que hacerlo todo. Y cuando digo todo, es todo. Si queríamos comprar, teníamos que pensar cosa por cosa qué es lo que necesitábamos, para después ir a buscarlo, meterlo en un carro, charlar con el dependiente de caja, etc. Si lo que queríamos era leer la crónica de la última derrota del Atleti (sí, en esa época perdía la mayoría de fines de semana), teníamos que comprar el Marca o el As y buscarlo después de las 12 páginas dedicadas en exclusiva al Madrid y al Barça. Y oye, si nos daba por irnos de vacaciones, pues había que recorrerse las cuatro agencias de viaje del barrio, a ver en cuál tenían mejores ofertas. Sí, aunque no lo creáis, pequeños saltamontes millennials, el mundo era así de horrible hasta hace no mucho.

Esos entes matemáticos de los que todos hemos oído hablar aunque ninguno sabemos muy bien qué son, se han convertido en nuestros mejores amigos

Sin embargo, un día, a un humano al que podríamos denominar súperhumano, se le ocurrió una idea que acabaría por revolucionar el mundo: inventar algo para que nunca más tuviésemos que hacerlo todo. Y así surgieron los algoritmos, que se reprodujeron cual conejos hasta hoy, cuando ya no hace falta que vayamos a hacer la compra porque es tan fácil como recurrir a Amazon y que su algoritmo nos vaya sugiriendo desde las cosas más obvias (como que, si he comprado lentejas, quizá me venga bien un poco de chorizo) hasta otras mucho más complicadas. Tampoco tenemos que molestarnos en buscar qué ha pasado con el Atleti porque Facebook y Twitter saben lo que nos gusta y nos lo cuentan al detalle. Ni tenemos que recorrernos las agencias del barrio, porque son tan listas que utilizan los algoritmos para modificar los precios de los billetes conociendo a la perfección cuándo se nos va a ocurrir querer reservarlos. Y oye, ya si pasa algo pregunta al servicio de atención al cliente, que seguro que hay un algún chatbot dispuesto a contestarte.

La verdad es que fuimos felices durante un tiempo, hasta que nos dimos cuenta de dos matices que en un principio habíamos pasado por alto. A saber:

  1. Si los algoritmos se dedican a hacer parte de las cosas que hacíamos antes los humanos, ¿para qué servimos? Y encima con esa superioridad técnica que les aporta el hecho de ser modelos matemáticos, con su apariencia de infalibilidad, tan perfectos ellos. Y esto era un problema. Nos llevábamos las manos a la cabeza, pensábamos que todos íbamos a ser despedidos (no sólo el equipo de editores de Facebook que seleccionaba las noticias de actualidad) y que, en definitiva, habíamos creado a un monstruo que sería capaz de acabar con nosotros mismos. Menos mal que pronto nos dimos cuenta de que…
  2. Los algoritmos a veces hacen cosas raras, y culpar a las máquinas está bien, excepto si eres tú el que las ha programado. Que se lo digan a Facebook: que si sesgos políticos sospechosos en fechas cercanas a elecciones, que si censuras a imágenes ciertamente controvertidas, que si ahora voy y no le enseño las publicaciones de tu marca a nadie… Pues eso, cosas raras que, sin embargo, en el fondo no deberían extrañarnos. Vamos, que hacen las cosas exactamente igual que las hacemos nosotros: mal. O para ser más precisos, con un 2% de diferencia, según un artículo publicado por la revista Science hace poco más de un año.  
Primer algoritmo de los Simpsons, con el pajaro bebedor

Antes de predecir la victoria de Trump, Homer ya se había dedicado a inventar los algoritmos

Sin embargo, vagos que somos los humanos, hemos seguido dejando que los algoritmos tomen decisiones por nosotros. En el fondo es lógico, porque, para equivocarme yo, mejor dejar que sea un algoritmo el que la pifie por mí, y al menos no me habré cansado en el proceso. Así, resulta que los algoritmos no sólo están presentes en las redes sociales que usamos día a día o en las páginas web de reserva de billetes de avión. Empresas como Telefónica dejan que sean ellos los que decidan en qué startups invertir. Otras, como Repsol, dejan en sus frías y matemáticamente precisas manos el laborioso trabajo de encontrar nuevos yacimientos. Y parece que funcionan.

Después de esto, lo siento, pero no tienes más remedio que estar de acuerdo conmigo. Los algoritmos han sustituido a los perretes como nuestros mejores amigos. Nos ayudan en prácticamente todo lo que hacemos y los tenemos ahí al lado siempre que los necesitamos. Y como en el fondo están un poco locos, son casi igual de adorables que ellos. Por último, pero no menos importante, la ventaja definitiva: todavía no se conoce ningún algoritmo que se suba a los sofás.

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Álvaro Salas

Álvaro Salas

Client Supervisor at Best Relations
Publicista de ciencias, analizo todo lo que ocurre a mi alrededor convencido de que es el mejor camino para tomar decisiones acertadas. Cuando me dejan, me escapo para dar clase en alguna universidad.

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