Tus datos como la nueva moneda

Mi móvil sabe todo de mí, y me gusta

Sólo hay alguien que me conoce tan bien como mi pareja, mi mejor amigo o mi familia: mi móvil. Decir que mi teléfono es “alguien” supone dotarlo humanidad. Pero no lo puedo evitar porque se comporta como una persona atenta y cercana. ¿No es una maravilla que me avise de la hora a la que tengo que salir de la oficina para llegar a tiempo a una reunión? ¿No es genial que me avance en directo el resultado del partido de fútbol que juega mi equipo favorito sin que se lo pida? ¿No es amor de verdad que me sugiera la letra de una canción que sabe que me interesa? ¿No es pensar en mí cuando me muestra sólo publicidad adaptada a mis intereses? ¿No es entenderme cuando personaliza las búsquedas en función de mi localización geográfica? Para muchos, la respuesta a todo lo anterior es “no”. Si perteneces a ese grupo, luego no te quejes.

La integración de sistemas operativos con aplicaciones, páginas web y servicios de seguimiento en forma de galleta (sí, las famosas cookies) nos ha situado ante una paradoja. Todas nuestras acciones en la Red generan un rastro de información que permite, a terceros, establecer vínculos con los que adelantarse a nuestros deseos y adaptar a nosotros el contenido que se nos muestra. Al mismo tiempo, dicha información personal termina formando parte de bases de datos que nos describen, analizan y entienden mejor que nosotros mismos. Por eso pueden servir tanto para incitarnos a la compra como para controlarnos bajo el poder de un Gran Hermano. ¡Horror!

Nuestra información personal termina formando parte de bases de datos que nos describen, analizan y entienden mejor que nosotros mismos

Tomar conciencia de que casi todo lo que hacemos acaba en la esfera pública ha impulsado el deseo de recuperar el control sobre nosotros mismos en el ámbito digital. La Ley de Servicios de la Sociedad de la Información (LSSI) obliga a informar de la existencia de las cookies de seguimiento, de forma que podamos desactivarlas al navegar por un site. Los navegadores anónimos, como DuckDuckGo, se han popularizado para convertirnos en ninjas digitales que no dejan rastro. La mensajería móvil le moja la oreja a las redes sociales al ofrecer espacios más privados para el diálogo (o eso creemos). Los ad blockers se han convertido en la última barrera contra la publicidad intrusiva en los medios digitales.

Al tiempo que activamos herramientas que borran o enmascaran nuestra existencia digital, los proveedores de servicios nos hacen guiños para decirnos que están a nuestro lado. Facebook insiste en recordarnos que podemos modificar la configuración de privacidad de la plataforma. Google cuenta con un amplio arsenal de opciones para determinar los datos que recopila de nosotros y la forma en que nos muestra publicidad. Incluso Telefónica está desarrollando una app desde la que controlar la información personal que compartimos con redes y medios sociales, abriendo la puerta a comerciar con ello. No, no ha dicho nada de aplicarse la app.

Con todo lo anterior, tratamos de evitar que las grandes corporaciones hagan un uso indebido de nuestra información y nos manipulen. Pero a medida que cortamos caminos, impedimos que otros servicios nos conozcan mejor para hacer aquello que nos prometen y por los que los valoramos. Sin datos de navegación, de posición, de comportamiento dentro de una página, es difícil establecer vínculos útiles que deriven en sugerencias que mejoren nuestra vida. ¿Dónde estarían, si no, Waze, FitBit o Flipboard? Piensa en esto: Google está trabajando en convertir el modo conducción de Google Maps en una función que se anticipe a nuestros desplazamientos. Pronto será capaz de darnos recomendaciones antes de que le digamos a dónde queremos ir… a no ser que le cerremos el acceso a nuestros datos de posición.

A medida que cortamos caminos, impedimos que otros servicios nos conozcan mejor para hacer aquello que nos prometen y por los que los valoramos

Lo curioso es que lo mismo que nos da miedo es lo que evita algo que nos incomoda: el tipo de publicidad digital que nos impacta. “¿Otro anuncio de reggaeton en Spotify, si yo soy más de indie?”. “¿Cómo me sugiere Asos ese outfit si odio los pantalones pitillo?”. “¿Por qué me está mostrando Twitter ese tweet patrocinado si no vivo en Estados Unidos?”. La explicación está clara, y lo sabes. Pero luego no te quejes.

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Carlos Molina

Carlos Molina

Director general at Best Relations
Periodista de formación y espíritu entregado a las estrategias de comunicación desde hace años. Para no aburrirme, doy clases en universidades y escuelas de negocio. He co-organizado los eventos RRPP & Tweets y #CarnavalRRPP. Colecciono figuras de Saint Seiya.

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