Cinco aspectos a tener en cuenta en tu identidad digital

¿Hemos llegado ya a la madurez en las relaciones digitales? El marketing, los medios sociales o el Big Data son las áreas que más rápido se han expandido en el mundo digital. Esto se debe a que han convergido gradualmente la tecnología y las experiencias de las personas. No obstante, si las relaciones digitales fueran más transversales en la organización y si se desdoblaran eficazmente en políticas, gobernanza, prácticas o incentivos se podría alcanzar una identidad digital más auténtica y con mayor rapidez y solera.

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Querido yo del futuro: ¡deja ya los selfies!

Querido yo de 2023, al habla tu yo del presente, de 2016. Te escribo sólo para decirte una cosa: deja de hacerte selfies en plan gracioso, poniendo morritos o de puro postureo. Creeme, me lo vas a agradecer. No hiciste caso a tu yo del pasado cuando te advirtió de los peligros de Tuenti (RIP) y decidiste seguir en aquel bucle sin sentido de fotos de fiesta durante aquellos maravillosos años universitarios en los que cambiabas más de look que Madonna en un concierto. Vamos a intentar no caer en eso porque, querido yo del futuro, ahora tienes una identidad digital que proteger en la que, por suerte, Tuenti no cuenta.

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La mejor marca de la historia ¿Por entonces se llamaba branding?

Ni Apple ni Google ni Coca Cola ni GE ni Best Relations. La mejor marca de la historia asociada a un nombre propio es Stradivarius, se mire por donde se mire. No me refiero a la marca que Inditex, hábilmente, registró para su explotación comercial. Me refiero a la denominación Stradivarius original, resultado de un hombre extraordinario: Antonio Stradivari, que con 36 años montó la empresa que le consagraría como el mejor fabricante de la historia.

Fue innovador porque mejoró los modelos que fabricaba para su maestro. Sabía lo que buscaban los clientes que más pagaban.

Aproximadamente la mitad de los 1.100 instrumentos (violines, violas, violoncellos, arpas y guitarras) que fabricó se conservan hoy en día. Si tenemos en cuenta que la antigüedad de todos ellos se sitúa en torno a 300 años podemos deducir que la calidad de fabricación mala, lo que se dice mala, no era.

La mera supervivencia de estos artilugios ya debería considerarse un milagro. Pero no sólo han sobrevivido, sino que, lejos de devaluarse, los ejemplares bien conservados han mejorado con el tiempo y son extremadamente apreciados por los instrumentistas más exquisitos del mundo. De hecho, se ha llegado a pagar más de 3,5 millones de dólares por un violín cuyo precio medio en vida del señor Strad (como se le conocía en Cremona, su ciudad natal) no superaba en ningún caso las 50 libras.

Aquí es donde los “siempre no” dirán: “ya, pero es normal: las antigüedades se revalorizan con el tiempo”. Efectivamente, pero los Stradivarius bien conservados no pueden considerarse antigüedades (las antigüedades suelen ser cosas de “mírame pero tócame poco no sea que me quiebre”). Si los Stadivarius fuesen coches podrían competir hoy en día en igualdad de condiciones con cualquier Ferrari, Porsche, Aston Martin o Lamborghini, pudiendo incluso superarlos con prepotencia.

No conozco ningún producto que después de más de 300 años funcione igual o mejor que el primer día y sea apreciado por los más afamados expertos de su sector. De hecho, se ha intentado reproducir el sonido de estos violines sin éxito. Wikipedia cuenta que “la singularidad del timbre de estos instrumentos puede tener su origen en el uso de madera perteneciente a un período climático especial”. También existe la teoría de que el sabio artesano trataba la madera de sus instrumentos con una disolución de sales metálicas. Otro gran secreto, perdido para siempre y al que se le puede atribuir el sonido milagroso, es uno de los ingredientes de los barnices utilizados por el lutier italiano. Algunos investigadores indican que pudo ser el bórax (un componente mineral que servía para proteger la madera de los ataques de los insectos) el motivo involuntario de una sonoridad prodigiosa.

El caso es que, sea por un motivo u otro, voluntario o no, nadie ha podido igualar ni mejorar los productos de la mejor marca de la historia: Stradivarius. Eso es branding y lo demás son tonterías. ¡Este Antonio era un crack!

Si alguien me quiere argumentar una marca que ofrezca mejores productos, adelante: la puerta está abierta. Y no vale decir “los romanos porque hacían unos acueductos de la leche” eso no es una marca. Sí: Atila, Julio César, Alejandro Magno y otros nombres ilustres, posibles marcas personales, han perdurado y su simple mención aún hace que nos acollonemos hoy en día pero no podemos probar sus “productos” en competencia con los actuales (casi mejor ¿no?).

Por cierto, sólo hay dos colecciones de Stradivarius en el mundo que están a disposición pública para que el populacho (entre el que me incluyo) pueda admirarlos. Una de esas colecciones es la de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Pero hay otra más grande aún… ¿A que no sabes dónde está? Adivina, adivina… Pues eso… ¿Qué estás esperando?

Stephan Fuetterer

@sfuetterer

¿Identidad digital o identidad real?

¿Un prestigioso directivo en la mayor juerga de todos los tiempos? ¿Un humilde trabajador convertido en estrella? La red es un escaparate para la Generación YO SL en el que no sólo somos los principales creadores de contenido sino que también nos exponemos a ser el contenido de otros.

En este escenario, somos responsables y proyectores de nuestra identidad digital y de nuestra identidad real ¿O estamos hablando de lo mismo? Ese joven encorbatado que incrementa a diario su agenda de contactos en Linkedin y que hace ganar decenas de miles de euros a su empresa es también el loco que se hacía largos en una piscina de cerveza o protagonizaba un vídeo en Youtube donde se destrozaba la entrepierna con un golpe imposible. Al fin y al cabo, es él en los dos casos.

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